Hay una pregunta que nos hacen mucho al terminar los espectáculos: «¿cuánto pesa eso?». «Eso» es la bata de cola, y la respuesta — entre tres y seis kilos, según la tela y los volantes — siempre sorprende. Pero el peso es lo de menos.
Una compañera, no un vestido
La bata de cola no se lleva: se baila. Cada vuelta, cada remate en el que la cola dibuja un círculo perfecto en el aire, es el resultado de años de técnica específica. La cola tiene su propia inercia, llega tarde a cada giro, y la bailaora tiene que pensar por las dos. Cuando se domina, parece que la tela está viva; cuando no, la tela te lo hace saber delante de todo el mundo.
El mantón, arquitectura en vuelo
El mantón de Manila llegó de Filipinas por el comercio con América y el flamenco lo adoptó hasta hacerlo suyo. En escena es pura arquitectura en movimiento: los flecos amplifican cada gesto y lo convierten en estela. Trabajarlo exige hombros y espalda de acero — y la sensibilidad de saber cuándo el mantón habla y la bailaora calla.
Castañuelas, abanico y la escuela española
En nuestro espectáculo Danza y Tierra reunimos todos estos complementos de la escuela bolera y la danza española: castañuelas que repican como percusión de bolsillo, abanicos que puntúan las frases musicales, mantones y batas de cola. No son adornos: son instrumentos, y cada uno tiene su gramática.
El público ve la tela volar; nosotras sentimos cada uno de sus kilos convertidos en música.
La próxima vez que veas una bata de cola girar, fíjate en los pies de la bailaora: ahí está el secreto que la tela intenta ocultar.
