De todos los instrumentos con los que trabajamos, ninguno engaña tanto como las castañuelas. Parecen un souvenir; son un instrumento de percusión con una técnica tan exigente que en los conservatorios de danza española se estudia durante años. Quien las ha probado cinco minutos, lo sabe: aquello no suena. Y quien las domina hace sonar una orquesta entera con las manos.
Macho y hembra
Un par de castañuelas no son dos piezas iguales: la de la mano izquierda («macho») tiene un tono más grave y lleva el pulso; la derecha («hembra»), más aguda, hace el repiqueteo — la carretilla, ese redoble líquido que es la firma del instrumento. Entre las dos se reparten los papeles como una sección rítmica en miniatura.
Años para un redoble
La carretilla se toca con cuatro dedos que caen en cascada, uno detrás de otro, cientos de veces por minuto, mientras el resto del cuerpo baila otra cosa. Es independencia pura: los brazos dibujan, los pies zapatean, y los dedos llevan su propia partitura. Cuando una alumna consigue su primera carretilla limpia, se acuerda del día para siempre.
De la escuela bolera a nuestros escenarios
Las castañuelas vienen sobre todo de la escuela bolera y la danza estilizada, y son protagonistas en nuestro espectáculo Danza y Tierra. En una época de espectáculos amplificados, su sonido acústico — madera contra madera, sin trampa — tiene algo de acto de fe: o las tocas bien o se nota.
Las castañuelas no perdonan: son el detector de mentiras de la danza española.
Si en algún espectáculo nos ves entrar con ellas, acércate al detalle: cada «ria-pitá» que oigas son años de trabajo cabiendo en un segundo.
